terrakuita

  • Aumentar fuente
  • Fuente predeterminada
  • Disminuir fuente
Home Cuentos El Maestro

El Maestro

E-mail Imprimir PDF

Érase una vez un maestro que hablaba a un grupo de gente y su mensaje resultaba

tan maravilloso que todas las personas que estaban allí reunidas se sintieron

conmovidas por sus palabras de amor. En medio de esa multitud, se encontraba un

hombre que había escuchado todas las palabras que el maestro había pronunciado. Era

un hombre muy humilde y de gran corazón, que se sintió tan conmovido por las

palabras del maestro que sintió la necesidad de invitarlo a su hogar.

Así pues, cuando el maestro acabó de hablar, el hombre se abrió paso entre la

multitud, se acercó a él y, mirándole a los ojos, le dijo: «Sé que está muy ocupado y que

todos requieren su atención. También sé que casi no dispone de tiempo ni para

escuchar mis palabras, pero mi corazón se siente tan libre y es tanto el amor que siento

por usted que me mueve la necesidad de invitarle a mi hogar. Quiero prepararle la

mejor de las comidas. No espero que acepte, pero quería que lo supiera».

El maestro le miró a los ojos, y con la más bella de las sonrisas, le contestó:

«Prepáralo todo. Iré». Entonces, el maestro se alejó.

Al oír estas palabras el corazón del hombre se sintió lleno de júbilo. A duras penas

podía esperar a que llegase el momento de servir al maestro y expresarle el amor que

sentía por él. Sería el día más importante de su vida: el maestro estaría con él. Compró

la mejor comida y el mejor vino y buscó las ropas más preciosas para ofrecérselas

como regalo. Después corrió hacia su casa a fin de llevar a cabo todos los preparativos

para recibir al maestro. Lo limpió todo, preparó una comida deliciosa y decoró

bellamente la mesa. Su corazón estaba rebosante de alegría porque el maestro pronto

estaría allí.

El hombre esperaba ansioso cuando alguien llamó a la puerta. La abrió con afán

pero, en lugar del maestro, se encontró con una anciana. Ésta le miró a los ojos y le

dijo: «Estoy hambrienta. ¿Podrías darme un trozo de pan?».

El se sintió un poco decepcionado al ver que no se trataba del maestro. Miró a la

mujer y le dijo: «Por favor, entre en mi casa». La sentó en el lugar que había preparado

para el maestro y le ofreció la comida que había cocinado para él. Pero estaba ansioso y

esperaba que la mujer se diese prisa en acabar de comer. La anciana se sintió

conmovida por la generosidad de este hombre. Le dio las gracias y se marchó.

Apenas hubo acabado de preparar de nuevo la mesa para el maestro cuando

alguien volvió a llamar a su puerta. Esta vez se trataba de un desconocido que había

viajado a través del desierto. El forastero le miró y le dijo: «Estoy sediento. ¿Podrías

darme algo para beber?».

De nuevo se sintió un poco decepcionado porque no se trataba del maestro, pero

aun así, invitó al desconocido a entrar en su casa, hizo que se sentase en el lugar que

había preparado para el maestro y le sirvió el vino que quería ofrecerle a él. Cuando se

marchó, volvió a preparar de nuevo todas las cosas.

Por tercera vez, alguien llamó a la puerta, y cuando la abrió, se encontró con un

niño. Éste elevó su mirada hacia él y le dijo: «Estoy congelado. ¿Podría darme una

manta para cubrir mi cuerpo?».

Estaba un poco decepcionado porque no se trataba del maestro, pero miró al niño

a los ojos y sintió amor en su corazón. Rápidamente cogió las ropas que había

comprado para el maestro y le cubrió con ellas. El niño le dio las gracias y se marchó.

Volvió a prepararlo todo de nuevo para el maestro y después se dispuso a esperarle

hasta que se hizo muy tarde. Cuando comprendió que no acudiría se sintió

decepcionado, pero lo perdonó de inmediato. Se dijo a sí mismo: «Sabía que no podía

esperar que el maestro viniese a esta humilde casa. Me dijo que lo haría, pero algún

asunto de mayor importancia lo habrá llevado a cualquier otra parte. No ha venido,

pero al menos aceptó la invitación y eso es suficiente para que mi corazón se sienta

feliz».

Entonces, guardó la comida y el vino y se acostó. Aquella noche soñó que el

maestro le hacía una visita. Al verlo, se sintió feliz sin saber que se trataba de un sueño.

«¡Ha venido maestro! Ha mantenido su palabra.»

El maestro le contestó: «Sí, estoy aquí, pero estuve aquí antes. Estaba hambriento y

me diste de comer. Estaba sediento y me ofreciste vino. Tenía frío y me cubriste con

ropas. Todo lo que haces por los demás, lo haces por mí».

El hombre se despertó con el corazón rebosante de dicha porque había

comprendido la enseñanza del maestro. Lo amaba tanto que había enviado a tres

personas para que le transmitiesen la lección más grande: que él vive en el interior de

todas las personas. Cuando das de comer al hambriento, de beber al sediento y cubres

al que tiene frío, ofreces tu amor al maestro.

Fragmento de La maestría del amor
Dr. Miguel Ruiz

 

Banner

Frases destacadas

El arte de soñar

 

Un tolteca es un artista del amor,

un artista del espíritu,

alguien que, en cada momento,

en cada segundo, crea el más bello arte:

el arte de soñar.

La vida no es más que un sueño,

y si somos artistas,

crearemos nuestra vida con amor

y nuestro sueño se convertirá

en una obra maestra de arte.

Dr. Miguel Ruiz